Los camellos de Cebrián

Cebrián soñaba con caravanas de camellos portando sedas y otros productos orientales por las costas peruanas. La autorización nunca llegó y a Cebrián, siempre protagónico, le surgió un litigio por un dinero de un deudor que falleció intestado lo que le hizo olvidar el proyecto (Cebrián de Caritate contra Juan y Domingo Ibáñez, vecinos de Vinuesa, como herederos de Alonso López de Ibáñez, difunto, por suma de dinero reclamada por el denunciante, 14 de febrero de 1558, ES.41091.AGI/27/Justicia, 785, N4, 49 folios)

“Yo conocí y ví en la Hamérica, Griegos, Alemanes y Ungaros, Armenios, Ingleses, Franceses, Olandeses y Moriscos y he sabido que ha habido turcos y después que han ido con caudal lo han hecho saber por cautivos de España” declara Fernando de Montesinos en su narración histórica “Memorias antiguas historiales del Perú” cuando vivió en la zona andina peruana entre 1628 y 1643.

Fray Francisco de Aguilar (1560) en su “Relación breve de la conquista de la Nueva España” señala cómo habían marchado con Cortés “gentes de Venecia, griegos, sicilianos, italianos, vizcaínos, montañeses, asturianos, portugueses, andaluces y extremeños”

Para los investigadores Lockhart (1972) y Taboada (2001), el número más abundante de extranjeros hasta el año 1600 era el de los griegos que, en gran parte de las expediciones, realizaban la tarea de artilleros por sus conocimientos de balística adquiridos del imperio otomano o de la República de Venecia que tenían entonces un avance tecnológico en la materia, tal es el caso de Pedro de Candia en la conquista del Perú por Francisco Pizarro. Después de 1610, varios griegos se establecieron en la Audiencia de Quito (Rodríguez Vicente, 1967) aunque el caso más notorio pudiera ser el de Fernando Paleólogo, descendiente de la dinastía imperial bizantina, que se desempeñó como capellán de una parroquia en Barbados en 1655, isla que ya era inglesa desde 1627 (Burns, 1965). La influencia griega en el comercio entre la Metrópoli y sus posesiones crece por momentos, por ejemplo, con “Pablo Capitanache, natural de Atenas, que había pasado a Cádiz con una ingente fortuna, recibió en 1750 carta de naturaleza para residir y comerciar en América” (Morales, 1980, citado por Taboada, 2001) eligiendo La Habana y Panamá.

Retomando el hilo conductor de los inmigrantes griegos “de la primera hora”, se tiene la idea pionera de introducir camellos al Perú, hacia 1553, formulada por el cretense Cebrián de Caritate, que forma parte de la veintena de levantinos relacionados con Pedro de Candia. Al menos la mitad de ellos llegó al país de los incas como mecánicos, artesanos y mercaderes menores.

El carácter de Cebrián lo conducía a ser protagónico. Siendo un adinerado mercader en Sevilla, en 1547 elevó quejas a las autoridades estatales cuando adquirió en feria en Castilla del Oro (Panamá) “libros misales y otros de Iglesia y Theologia y otras facultades” por cuya operación la Casa de Contratación le exigió los tributos previstos en el comercio atlántico. De ahí que Cebrián hiciera el reclamo amparándose en la cédula de 1480 que los Reyes Católicos promulgaron declarando libres de impuestos a los libros. El griego gana la querella y se le devuelve lo pagado. Sin imaginarlo, Cebrián había sentado un precedente importantísimo para la industria del libro.

¿Como concibió Cebrián de Caritate la idea de poblar de camellos las zonas desérticas de la costa peruana? ¿cómo pudo saber de esas áreas si nunca había estado en el Perú y aún no se publicaban los primeros libros ni de la conquista ni de la geografía del “Reyno del Peru”? ¿Fue su amigo Pedro de Candia, coterráneo suyo, que con su grandilocuencia oriental y levantina le contagió su entusiasmo por el Perú? Es muy probable. Recuérdese que Pedro de Candia fue el primero en desembarcar en Piura -donde habían acoderado los barcos de Francisco Pizarro al llegar al Perú- y el primero en darle al jefe extremeño el primer relato verbal de lo que vio en la primera población peruana. La comparó con las tierras exóticas de las que él provenía y no se midió en exageraciones de oro, plata, vergeles y miel. Si eso convenció a Pizarro y a sus compañeros, con mayor razón pudo encender la imaginación de su pariente y amigo Cebrián.

Cebrián, que tenía negocios con la entonces poderosa ciudad de Ragusa (hoy Dubrovnik en Croacia), ideó un plan audaz, las naves ragusinas comprarían los animales en Argel, los llevarían a Cádiz mientras obtenía el permiso para comerciarlos con las Indias.

Cebrián soñaba con caravanas de camellos portando sedas y otros productos orientales por las costas peruanas. La autorización nunca llegó y a Cebrián, siempre protagónico, le surgió un litigio por un dinero de un deudor que falleció intestado lo que le hizo olvidar el proyecto (Cebrián de Caritate contra Juan y Domingo Ibáñez, vecinos de Vinuesa, como herederos de Alonso López de Ibáñez, difunto, por suma de dinero reclamada por el denunciante, 14 de febrero de 1558, ES.41091.AGI/27/Justicia, 785, N4, 49 folios).

La idea siguió embrujando. Durret (1720) la recoge en su ficticio “Voyage de Marseille à Lima” cuando afirmaba -exagerando- que el monarca español dejaba que armenios y otras etnias se instalaran en las Indias (Zavala, 1983, citado por Taboada, 2001).

La idea pionera de Cebrián sería retomada más de cuatrocientos años después y llevada a la práctica en el Perú por el entonces presidente Toledo que, con el concurso del Reino de Marruecos, trajo los primeros camellos para la zona desértica de Ica donde se produce vid y pisco. Los transportaron por avión e iniciaron la adaptación al nuevo clima. Las cosas no resultaron como se esperaba porque sobrevivió solo uno de los especímenes. Se hizo un segundo intento en el 2017 con seis ejemplares traídos de las Canarias. El 9 de agosto del 2020 nació el primer dromedario “peruano”. Una insólita historia para un insólito tiempo.

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